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Jaime Uria-Diez: “La mejor tecnología para proteger el agua no es una obra de hormigón, sino un bosque bien gestionado”

16 septiembre 2026

 

El agua que consumimos en casa no empieza a fabricarse en las plantas potabilizadoras, sino mucho antes, en la propia cuenca forestal. Bajo esta premisa se desarrolla el proyecto europeo LIFE URBASO, una iniciativa coordinada por NEIKER que busca demostrar que un cuidado correcto del monte mejora directamente el recurso captado. Jaime Uria-Diez, investigador del Departamento de Ciencias Forestales del centro, detalla las claves de la iniciativa y recuerda que, aunque “muchas veces pensamos en salud y agua desde la química o la medicina”, la evidencia de este proyecto confirma que “la gestión forestal también puede ser una herramienta de salud pública”

 

¿Qué relación directa existe entre la salud de nuestros bosques y la calidad del agua que llega a nuestras casas?

Muchas veces pensamos que el agua potable depende únicamente de la planta potabilizadora, pero realmente empieza a “fabricarse” mucho antes, en la propia cuenca forestal. Un bosque bien gestionado protege el suelo, favorece la infiltración y hace que el agua bruta llegue más limpia y de forma más estable a arroyos y captaciones. Por el contrario, cuando el suelo se erosiona o queda muy alterado, aumentan los sedimentos, la turbidez y la materia orgánica que terminan llegando al agua que luego hay que potabilizar.

En LIFE URBASO hemos trabajado precisamente sobre esa conexión. La idea principal es bastante sencilla: si cuidamos mejor el monte aguas arriba, el agua que llega a las captaciones de agua de consumo necesita menos tratamiento y ofrece más garantías para el consumo humano.

Durante estos años habéis trabajado en zonas como la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, Bakio y Markina. ¿Cuáles han sido los principales retos a pie de monte?

Uno de los principales retos del proyecto no ha sido únicamente técnico, sino también de gobernanza. En estas zonas coexiste una realidad muy marcada por la propiedad pública y la privada, y en la iniciativa han participado administraciones públicas, gestores forestales, entidades del agua, propietarios y centros de investigación, cada uno con competencias e intereses diferentes.

Coordinar todas esas visiones y encontrar puntos de encuentro ha sido uno de los aspectos más complejos. Mientras algunos ayuntamientos han mostrado un gran interés por proteger las áreas de captación, llegando incluso a impulsar la compra de terrenos estratégicos, articular estas medidas dentro de la realidad de la propiedad privada requiere tiempos y procesos de negociación complejos.

Sin embargo, situaciones como la gran sequía del verano de 2022 en Urdaibai, donde hubo que aportar agua potable externa a la comarca, nos demuestran que es necesaria una planificación del territorio que asegure todos los servicios mediante la creación de paisajes resilientes.

 

En LIFE URBASO se habla de «infraestructura verde» y soluciones basadas en la naturaleza. ¿Qué cambios concretos habéis propuesto en la gestión del bosque para proteger esa agua?

El proyecto habla mucho de “infraestructura verde” porque muchas veces la mejor tecnología para proteger el agua no es una obra de hormigón, sino un bosque bien gestionado de cobertura continua en el espacio y el tiempo.

Para impulsar esta gestión, hemos apostado por modelos de selvicultura que buscan mantener el suelo permanentemente protegido por vegetación o mantillo forestal. Cuando el suelo queda desnudo, las gotas de lluvia impactan directamente sobre su superficie, favoreciendo la erosión y el transporte de partículas ladera abajo hasta alcanzar los cursos de agua. Esta presencia de partículas incrementa la turbidez, obligando a aplicar tratamientos físicos y químicos más intensivos en la potabilizadora.

Por el contrario, un suelo forestal sano, gracias a su sistema radicular profundo, que es el conjunto de raíces que ancla y sujeta la tierra, y a un aporte continuo de materia orgánica, reduce significativamente el riesgo de erosión y contribuye a generar agua bruta con menores niveles de turbidez. Con la implementación de estas directrices, prevemos lograr una reducción de la carga de sedimentos de un 25%.

EFE/Luis TejidoUno de los riesgos menos conocidos es la formación de trihalometanos al tratar el agua con cloro. ¿Cómo ayuda una buena gestión forestal a minimizar este problema?

Los trihalometanos (THMs) son subproductos que se generan durante la desinfección del agua mediante cloración y cuyos niveles están regulados por la normativa europea debido a sus posibles efectos perjudiciales sobre la salud. Estos compuestos se forman cuando el cloro utilizado para eliminar los patógenos del agua reacciona con la materia orgánica natural presente en el agua bruta. Dado que cada sistema forestal aporta materia orgánica con características diferentes, su reactividad frente al cloro también puede variar. Nuestro objetivo ha sido estudiar estas diferencias para proponer recomendaciones silvícolas que garanticen la calidad en los puntos de captación.

Lo interesante de URBASO es que plantea actuar en el origen, reduciendo la erosión y modificando el tipo de materia orgánica en la cuenca, que es todo el territorio de monte donde se recoge el agua de lluvia que drena hacia las captaciones, lo que ayuda directamente a simplificar el proceso de potabilización posterior. De esta manera, esperamos poder reducir la cantidad de carbono orgánico disuelto en un 10%.

Al final, esto nos demuestra que la gestión forestal también puede ser una herramienta de salud pública; muchas veces pensamos en la salud y el agua únicamente desde la química o la medicina, cuando la clave para proteger este recurso está en cómo cuidamos el monte.

 

No solo hablamos de calidad, sino de cantidad. En un escenario de sequías, ¿es posible que un bosque bien gestionado «fabrique» más agua para el consumo?

No podemos decir que un bosque cree agua, pero sí que puede gestionar mucho mejor cómo se almacena y cómo circula dentro de una cuenca. Un suelo forestal sano infiltra más agua, reduce pérdidas rápidas por escorrentía y ayuda a mantener aportes más constantes a los arroyos.

Para entenderlo, es importante diferenciar dos tipos de aguas: el agua azul y el agua verde. El agua verde es la que circula por la vegetación; parte se queda en las hojas y se evapora, y otra parte la toman las raíces para realizar la fotosíntesis y se transpira, por lo que no llega al río. El agua que sí se filtra hacia adentro del suelo y llega a los acuíferos o ríos es el agua azul, que es la que aprovechamos en las captaciones.

Como el cambio climático nos obliga a pensar en qué tipo de bosque tenemos y cómo se gestiona, ya que las especies tienen demandas hídricas muy diferentes, en LIFE URBASO hemos adaptado la gestión forestal para ganar resiliencia. Buscamos compatibilizar la producción forestal, la biodiversidad y la seguridad hídrica, con el objetivo de demostrar que estos cambios en los usos del suelo pueden proporcionar un aumento del 15% en la cantidad de agua disponible.

 

Un pilar del proyecto es el pago por servicios ecosistémicos. ¿Cómo se le explica a propietarios forestales que su labor es clave y cómo se puede compensar ese esfuerzo?

Considero que lo primero es reconocer que el propietario forestal ya está aportando mucho más que madera, aunque muchas veces eso no se visibilice. Cuando un propietario mantiene un suelo estable o aplica una gestión que protege una captación, está generando beneficios para toda la sociedad: agua de mejor calidad, menos costes de tratamiento y más biodiversidad.

Los pagos por servicios ecosistémicos buscan precisamente reconocer ese esfuerzo mediante una herramienta contractual. La idea es que parte del beneficio social que genera esa gestión revierta también económicamente en quien la hace posible. Algo muy importante en este proyecto ha sido intentar construir puentes, no confrontaciones; el sector forestal forma parte de la solución, no debería sentirse señalado como el problema.

 

Ahora que el proyecto finaliza este año, ¿cuál es el principal legado que queda a disposición de las administraciones para que este modelo se replique?

El mayor legado de LIFE URBASO es haber demostrado con hechos que el agua y la gestión forestal no pueden seguir trabajando por separado, ya que el proyecto ha funcionado como un laboratorio real para probar cómo el cuidado del monte y la producción de madera de manera sostenible se convierten en una herramienta directa para proteger el recurso, la salud y el territorio. De hecho, esa experiencia se materializa en aportaciones muy prácticas como metodologías de evaluación de riesgo, un manual con criterios de gestión forestal y una Guía Técnica para la delimitación de zonas que facilitará el trabajo de otras administraciones. Todo este conocimiento acumulado llega en un momento crucial, justo cuando la nueva normativa europea obliga a evaluar mucho mejor los riesgos en las áreas de captación de agua potable, lo que convierte a nuestra experiencia en una referencia idónea para muchos otros lugares.

 

 

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